Salve seas
rey de las ratas,
que murmuras
entre entre dientes
los cuchillos que
escondes
por ser sirviente
de tu propia
corte embaucada,
tú que silbas
dulces canciones
sin acordes
ni nota que esté
inspirada,
que en tu palacio
de espejos
no encuentras
mirada que no
esté envenenada.
Salve sea tu
gloria
rey de las ratas,
y salve sean las
alabanzas
que profieren las
gentes
que no entienden
que eres rata,
que no andas
sobre las aguas
sino te arrastras
sobre tu panza,
los ojos tristes,
la cabeza gacha,
mirando con
horror la espada,
odiando con
rencor la mirada,
temiendo el dolor
de la palabra.
Salve sea tu
reino
rey de las ratas,
erigido en
remiendos
de pena y labia,
baluartes
colgantes
de efigie falsa,
pues es un león
rampante
lo que llevas por
blasón
y no tu piel de
rata
apartada en un
rincón
de tu palacio de
espejos
y paredes
tapizadas
con momentos de
gloria
sobre lienzos
rasgados
en jirones
desgastados.
Salve sea vos
falso monarca,
oculto entre las
gestas
que de ti se
cantan,
mirando entre las
grietas
de los muros que
te guardan
de las nubes de
tormenta
y el humo de batallas.
No hay oro que
sacien
lo que quieren
tus entrañas,
no hay palabras
que borren
la desidia a la
que abrazas,
no hay trompetas
que marquen
el fin de las
batallas,
no te llegan las
fuerzas
a mover los
brazos
agarrar tu piel
y romper tus
lazos
con tu gris
mortaja,
la capa de armiño
y pelos de rata.
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