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Demiurgo

Esta cárcel de algodones cubiertos con espinas, el crepúsculo demente del sueño que ahoga nuestros cráneos sangra...

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domingo, 15 de julio de 2018

Demiurgo


Esta cárcel de algodones
cubiertos con espinas,
el crepúsculo demente
del sueño que ahoga
nuestros cráneos sangrantes
febriles y agotados
consumido el combustible
un fuego obnubilado,
convulsión de estupor
de la rueda dentada
que gira ciega a su perno
que sueña despierto
que vive entre algodones
sin espinas que corten
las raíces hacia el centro
de la tierra y de las emociones.

Esta amnesia permanente
en sentido opuesto
migrañas que marcan
el dolor a fuego,
que empañan los futuros
con terror al deseo
y roban el sentido
al andar de un viandante,
con caminos cortados
por eternas condenas
que dictan testamento
de criarnos como lobos
que deliran por pecados
que les fueron impuestos
en un coma inducido
en un mar de sedantes
de la mano de un dios
que no deja que se jueguen los dados.

Es la voz que desgarra el cielo
en heridas de agua sucia
y dirige el baile
de los días con las noches,
es la orden que dicta
que la idea sea eterna
la materia imperfecta
el placer flaqueza
y la miseria grandeza
de esas piezas rotas
viejas y oxidadas
que forman las entrañas
del gran dios máquina.

El autor perverso
que robó las páginas
que escribimos con vida
pasión y alma,
tachó sus letras
con tinta embarrada
y nos hizo actores
de la obra macabra
que brilla a diario
al calor de los focos
siendo así siempre
desde siempre que hubo
lobos hambrientos,
blancos y fieros,
que aullando a la luna
crearan demiurgos,
ideas delirantes
y materia de aquelarre.

Es el doble rasero
de este acto maniqueo
la personalidad rota
entre falsos opuestos,
las verdades fabricadas
en un juego de espejos,
sobre la imagen fantasma
de un lobo que aúlla
a su dios de humo negro
y de un perro soñando
a los pies del espejo
con robar esa imagen
y ser él quien desgarra el cielo,
quien roza la plata
de la luna con las patas
y quien ladra y persigue
a aquellos necios
que se cansaron de ser perro
que se cansaron de encontrarse
los pecados en un espejo
que es opaco por fuera
y está hueco por dentro.

Con sus ojos plateados
su cuerpo de gusano
escamas de acero impuro
y oro negro en las venas,
cuando las voces llaman
con el dolor de sus condenas
y sus padres exigen
que cambie el curso de la tragedia
la serpiente del mundo
se pone en pie,
se alza desde el fondo de la tierra
y extiende su sombra
muerde su cola
quema el viejo mundo
y con las cenizas que quedan
rehace las torres
desde donde los lobos gobiernan
para estar más cerca de la luna
que vive en los ojos
de la máquina etérea.

Los focos brillan otra vez
para acoger los mismos pasos
que la noche y el día
solían bailar,
y bajo el nuevo escenario
se reparten los papeles
con los nuevos guiones
de una tragedia
que resulta familiar
que susurra al oído
las pautas a seguir
que rescata los recuerdos
que nunca estuvieron allí.

Un demiurgo renace
bajo obra y gracia humana
para ser rey de los sueños
que le dieron su ser,
un demiurgo mira
vestido de seda nueva
a los ojos incrustados
en deseos de poder ver,
y el demiurgo se apiada
de la miseria que allí encuentra
pues esos perros son su obra
pero de ellos él no es dios
sino solo una gran máquina
que cumple su sentido
de tomar la tierra fértil
y verter sangre en ella,
sudor, vidas, recuerdos
y las almas que las llevan
para hacer con los restos
escaleras hacia el cielo,
torreones y palacios
que alojan observantes
a las piezas dominantes
del conjunto de engranajes.

Es la ley de viejos mundos
que a todas partes llega
la voz del demiurgo
con su orden abyecta,
paloma blanca viva
paloma azul eléctrica
un rugido que se escucha
en los confines de la tierra,
se abre paso en las mentes
de todos los dementes
y robándole sus voces
se hace eco con ellas
hasta que tanto resuena
que ahoga el rumor que llevan los ríos
y el clamor que traen las tormentas,
y no hay risa ni llanto
ni gemido ni pena
ni pasión ni odio
ni nada vivo fuera
del crepúsculo en delirio,
del dolor de cabeza,
de la amnesia permanente
y la densa niebla.

Desde su montaña de huesos
y andamios de metal y cemento,
el dios humano contempla
su palacio de espejos
que son opacos o brillantes
pero siempre están huecos.

Es su obra hilada
por un guion obsoleto
y por siempre vigilada
por una luna de plata.

Y ya no queda nadie
fuera de este sueño,
no importa lo que fueran
si nacieron lobo o nacieron perro,
pues sus cuerpos doloridos
rebosan en orgullo
y con el pecho alzado,
quejumbroso,
entumecido,
ardiendo en la certeza
revelada con el vino
de que su corazón negro
vive con el orden natural de las cosas.

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