Esta cárcel de
algodones
cubiertos con
espinas,
el crepúsculo
demente
del sueño que
ahoga
nuestros cráneos
sangrantes
febriles y
agotados
consumido el
combustible
un fuego
obnubilado,
convulsión de
estupor
de la rueda
dentada
que gira ciega a
su perno
que sueña
despierto
que vive entre
algodones
sin espinas que
corten
las raíces hacia
el centro
de la tierra y de
las emociones.
Esta amnesia
permanente
en sentido
opuesto
migrañas que marcan
el dolor a fuego,
que empañan los
futuros
con terror al
deseo
y roban el
sentido
al andar de un
viandante,
con caminos
cortados
por eternas
condenas
que dictan
testamento
de criarnos como
lobos
que deliran por
pecados
que les fueron
impuestos
en un coma
inducido
en un mar de
sedantes
de la mano de un
dios
que no deja que
se jueguen los dados.
Es la voz que
desgarra el cielo
en heridas de
agua sucia
y dirige el baile
de los días con
las noches,
es la orden que
dicta
que la idea sea
eterna
la materia
imperfecta
el placer
flaqueza
y la miseria
grandeza
de esas piezas
rotas
viejas y oxidadas
que forman las
entrañas
del gran dios
máquina.
El autor perverso
que robó las
páginas
que escribimos
con vida
pasión y alma,
tachó sus letras
con tinta
embarrada
y nos hizo
actores
de la obra
macabra
que brilla a
diario
al calor de los focos
siendo así
siempre
desde siempre que
hubo
lobos
hambrientos,
blancos y fieros,
que aullando a la
luna
crearan demiurgos,
ideas delirantes
y materia de
aquelarre.
Es el doble
rasero
de este acto
maniqueo
la personalidad
rota
entre falsos
opuestos,
las verdades
fabricadas
en un juego de
espejos,
sobre la imagen
fantasma
de un lobo que
aúlla
a su dios de humo
negro
y de un perro
soñando
a los pies del
espejo
con robar esa
imagen
y ser él quien
desgarra el cielo,
quien roza la
plata
de la luna con
las patas
y quien ladra y
persigue
a aquellos necios
que se cansaron
de ser perro
que se cansaron
de encontrarse
los pecados en un
espejo
que es opaco por
fuera
y está hueco por
dentro.
Con sus ojos
plateados
su cuerpo de
gusano
escamas de acero
impuro
y oro negro en
las venas,
cuando las voces
llaman
con el dolor de
sus condenas
y sus padres
exigen
que cambie el
curso de la tragedia
la serpiente del
mundo
se pone en pie,
se alza desde el
fondo de la tierra
y extiende su
sombra
muerde su cola
quema el viejo mundo
y con las cenizas
que quedan
rehace las torres
desde donde los
lobos gobiernan
para estar más
cerca de la luna
que vive en los
ojos
de la máquina
etérea.
Los focos brillan
otra vez
para acoger los
mismos pasos
que la noche y el
día
solían bailar,
y bajo el nuevo
escenario
se reparten los
papeles
con los nuevos
guiones
de una tragedia
que resulta
familiar
que susurra al
oído
las pautas a
seguir
que rescata los
recuerdos
que nunca
estuvieron allí.
Un demiurgo renace
bajo obra y
gracia humana
para ser rey de
los sueños
que le dieron su
ser,
un demiurgo mira
vestido de seda
nueva
a los ojos
incrustados
en deseos de
poder ver,
y el demiurgo se
apiada
de la miseria que
allí encuentra
pues esos perros
son su obra
pero de ellos él
no es dios
sino solo una gran
máquina
que cumple su sentido
de tomar la
tierra fértil
y verter sangre
en ella,
sudor, vidas,
recuerdos
y las almas que
las llevan
para hacer con
los restos
escaleras hacia
el cielo,
torreones y
palacios
que alojan observantes
a las piezas
dominantes
del conjunto de
engranajes.
Es la ley de
viejos mundos
que a todas
partes llega
la voz del
demiurgo
con su orden
abyecta,
paloma blanca viva
paloma azul
eléctrica
un rugido que se
escucha
en los confines
de la tierra,
se abre paso en
las mentes
de todos los
dementes
y robándole sus
voces
se hace eco con
ellas
hasta que tanto
resuena
que ahoga el
rumor que llevan los ríos
y el clamor que
traen las tormentas,
y no hay risa ni
llanto
ni gemido ni pena
ni pasión ni odio
ni nada vivo
fuera
del crepúsculo en
delirio,
del dolor de
cabeza,
de la amnesia
permanente
y la densa niebla.
Desde su montaña
de huesos
y andamios de
metal y cemento,
el dios humano
contempla
su palacio de
espejos
que son opacos o
brillantes
pero siempre
están huecos.
Es su obra hilada
por un guion
obsoleto
y por siempre
vigilada
por una luna de
plata.
Y ya no queda
nadie
fuera de este
sueño,
no importa lo que
fueran
si nacieron lobo
o nacieron perro,
pues sus cuerpos
doloridos
rebosan en
orgullo
y con el pecho
alzado,
quejumbroso,
entumecido,
ardiendo en la
certeza
revelada con el
vino
de que su corazón
negro
vive con el orden
natural de las cosas.
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